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La dama de los cien cuchillos

¿Por qué tuvieron que matarla? -El castillo y las tierras no caben en una maleta. Se quedó perplejo ante aquella sibilina respuesta. -¿Qué quiere decir? -preguntó. Los penetrantes ojos del anciano se clavaron en su rostro. -Hay en el castillo una joya de enorme valor, lo que pasa es que nadie sabe dónde está. Bueno, el conde sí lo sabía y, presumiblemente, también su hija. Y, para mí, eso es lo que están buscando. -¿Una joya? -se asombró el joven. -Sí, la corona de una Virgen. No sé de dónde es, pero la trajo el conde cuando acabó la guerra. ¿Sabe?, era de ellos, de los nazis, usted me comprende, y aunque no le hicieron nada, no fue precisamente de los que quedaron pobres. Cuando pasó la marea, vendió algunas joyas y mejoró las tierras. Pero la mejor de todas está allí, en el castillo.

¿Por qué tuvieron que matarla? -El castillo y las tierras no caben en una maleta. Se quedó perplejo ante aquella sibilina respuesta. -¿Qué quiere decir? -preguntó. Los penetrantes ojos del anciano se clavaron en su rostro. -Hay en el castillo una joya de enorme valor, lo que pasa es que nadie sabe dónde está. Bueno, el conde sí lo sabía y, presumiblemente, también su hija. Y, para mí, eso es lo que están buscando. -¿Una joya? -se asombró el joven. -Sí, la corona de una Virgen. No sé de dónde es, pero la trajo el conde cuando acabó la guerra. ¿Sabe?, era de ellos, de los nazis, usted me comprende, y aunque no le hicieron nada, no fue precisamente de los que quedaron pobres. Cuando pasó la marea, vendió algunas joyas y mejoró las tierras. Pero la mejor de todas está allí, en el castillo.

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Viaje a ninguna parte

South respingó. Luego, con brusquedad, apartó al mayordomo de un manotazo. —Buscaré el teléfono y llamaré a la policía. No pueden retenernos aquí, contra nuestra voluntad. —No hay teléfono en Rotherdale House —dijo Ralph glacialmente. Los puños del joven se crisparon. —¡Pero no tienen derecho a retenernos… como prisioneros! —gritó. —Lo siento, señor. Ralph se inclinó cortésmente, dio media vuelta y se encaminó hacia una puerta situada al otro lado del vestíbulo. Cuando ya abría la puerta, giró de nuevo. —No pueden huir a pie —dijo—. Hay una alambrada electrificada en torno a la propiedad.

South respingó. Luego, con brusquedad, apartó al mayordomo de un manotazo. —Buscaré el teléfono y llamaré a la policía. No pueden retenernos aquí, contra nuestra voluntad. —No hay teléfono en Rotherdale House —dijo Ralph glacialmente. Los puños del joven se crisparon. —¡Pero no tienen derecho a retenernos… como prisioneros! —gritó. —Lo siento, señor. Ralph se inclinó cortésmente, dio media vuelta y se encaminó hacia una puerta situada al otro lado del vestíbulo. Cuando ya abría la puerta, giró de nuevo. —No pueden huir a pie —dijo—. Hay una alambrada electrificada en torno a la propiedad.

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La doble vida de John Parr

Algunos periódicos dieron más tarde la noticia, aunque en caracteres no demasiado destacados. En realidad, el fallecimiento de John Parr pasó prácticamente desapercibido, salvo para los familiares más allegados, algunos amigos y los inevitables curiosos que no dejan de leer nunca en el periódico las noticias y las esquelas de defunción. John Parr fue enterrado en el panteón familiar, un mausoleo de pretencioso estilo, con puerta de reja y paredes de granito. Dado que hacía muchísimos años no se efectuaba ninguna inhumación en aquel lugar, el féretro que contenía los restos mortales de Parr fue situado en el túmulo central, una sepultura de forma rectangular, que sobresalía medio metro del suelo del panteón. Naturalmente, la sepultura se hundía cosa de otro medio metro en el suelo. O quizá un poco más.

Algunos periódicos dieron más tarde la noticia, aunque en caracteres no demasiado destacados. En realidad, el fallecimiento de John Parr pasó prácticamente desapercibido, salvo para los familiares más allegados, algunos amigos y los inevitables curiosos que no dejan de leer nunca en el periódico las noticias y las esquelas de defunción. John Parr fue enterrado en el panteón familiar, un mausoleo de pretencioso estilo, con puerta de reja y paredes de granito. Dado que hacía muchísimos años no se efectuaba ninguna inhumación en aquel lugar, el féretro que contenía los restos mortales de Parr fue situado en el túmulo central, una sepultura de forma rectangular, que sobresalía medio metro del suelo del panteón. Naturalmente, la sepultura se hundía cosa de otro medio metro en el suelo. O quizá un poco más.

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