Dedos asesinos

Tenía que matar. Y lo hice. No puedo evitarlo. Es nece­sario hacerlo. Absolutamente necesario, sí. No ha sido la pri­mera. Tampoco será la última. Era bonita. Bonita y provocativa, lo admito. Estuve a punto de ceder a sus encantos. Pero supe resistir. Me siento fuerte. Cada día más fuerte. Sí, tuve suficiente voluntad para resistir su atractivo. No me sedujo la muy zorra, aunque bien lo intentó. ¡Pobre estúpida! No sabía que a mí el sexo no me ciega hasta ese punto. No el sexo como ellas lo entienden, claro. Porque, naturalmente, luego gocé, si. Gocé de ella, de su desnudez. Pero sólo mientras apretaba y apretaba, y la veía retorcerse ante mí, con el miedo, la angustia y el horror reflejados en sus ojos…

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